Tuesday, August 25, 2009

Narcóticos en el tren

7. 30 de la tarde. Ya era casi de noche cuando, cansadísimo, como todos los miércoles, llegué a Retiro y me dirigí a la estación del Belgrano Norte, feliz de volver a casa. Compré el boleto y para felicitarme por un día duro de trabajo decidí premiarme con un pancho. Delicia si las hay.

Mientras me armaban el pancho, miré al tren que esperaba para salir a mi izquierda y ví a dos tipos (un poco harapientos) intentando subirse al furgón del último vagón. Parecía que uno de ellos estaba lastimado, porque arrastraba una pierna, y su compañero hacía fuerza para subirlo, ya que la puerta del furgón no tiene escaleras. Hablaban ese dialecto raro y difícil de entender del castellano argentino, que se escucha, digamos, en algunas zonas de bajos recursos (“eh, guacho” – “dale, gil, no ratoniés”) – [Perdón.]

Justo cuando estaba pagando, sonó la chicharra del tren y, en el apuro y el miedo de que salga el tren me subí al mismo furgón –con un pancho y un librazo de química en las manos. Una vez arriba, miré a mi alrededor. “Supongo que no fue una gran elección” me dije. El furgón (la parte del tren sin asientos, para viajar con bicicletas o paquetes grandes) del Belgrano Norte son cuadrados de dos metros por dos, todos de chapa (piso, techo y paredes), sin puertas para tapar el agujero por donde se entra. Y al cielo no se le ocurrió mejor idea que empezar a llover.
Por otro lado, mis compañeros de viaje parecían amigables. El tipo con la pierna lesionada se había tirado en un rincón, mientras su compañero, parado, le daba conversación. Sentado en otra esquina, un nene de alrededor de 11 años con ropa sucia y rota y cara de ido totalmente, leía el diario El Argentino, sentado sobre cartones y bolsas tiradas a su alrededor. Tuve un fuerte impulso por esconderme en algún lugar, pero no había donde…

El tren arrancó, y a mi jamás se me pasó tan lento el tiempo. Con la velocidad del tren era imposible refugiarse de la lluvia que entraba por los huecos de los costados. Mientras, yo miraba la puerta que comunicaba con el vagón, pero no me animaba a irme, pensando que los tipos se fuesen a calentar si creían que me escapaba de ellos por miedo.

El herido, muy tranquilo igual, seguía hablando mientras sacaba un papel de seda y empezaba a armarse un faso. Yo lo miraba un poco sorprendido, cuando su amigo me dijo algo que apenas pude captar. Me estaba preguntando adónde iba el tren. “Grand Bourg”, le respondí, tratando de sonar mucho más tranquilo de lo que estaba. “Uuuuuuhhh, nooo viejjaaa”, empezaron a aullar. No tenían ni idea dónde estaban; ahora se tenían que bajar, volverse a Retiro y tomarse otro tren.

El tipo prendió su faso, y me empezó a drogar a mi también, llenando el furgón de humo. Con el olorcito dulce, el chico salió de su trance y se puso violento: “Eh, loco, pasá que yo también quiero”. Se empezaron a pelear; al parecer estaban todos juntos.
En ese momento, el tipo parado me dijo algo totalmente inentendible. Lo miré. “¿Qué?”, le dije.
“Na..tillita”
...Qué carajo dice este chabón, pensaba yo.
“No, no te entiendo”.
“Sa..nastillita..” Seguí mirándolo, mudo.
De repente, el tipo de la pierna lastimada me dice: “Dice si no le convidás un poquito…” Miré mi delicioso pancho. AHHHH… estaba diciendo “¿sale una astillita?” Así de rápido aprendí una expresión nueva para pedir que te compartan comida.

Por supuesto, le convidé del pancho. Me lo pasó de nuevo. ¿Qué carajo hago ahora? Si se lo regalo va a pensar que soy un flojito y me roba; si lo tiro se enoja y me caga a piñas. No me quedaba otra. Cerré los ojos y me lo terminé.

Cuando volví a abrirlos, me di cuenta que al tipo le había dado un poco de sed. Así que sin problemas empezaron darle unos tragos cada uno de un whisky espantoso, que venía en una petaca de plástico. Rapidito, rapidito lo terminaron y lo tiraron por un costado. Por un momento consideré tirarme yo también; pero no… todavía iba muy rápido el tren.
Paramos en Scalabrini Ortiz, la estación de Ciudad Universitaria. No se bajaron. Dios no estaba conmigo ese día. Por lo menos iban a ir hasta mi parada.

Apenas arrancó el tren de nuevo, el pibe empezó a pedir del porro que quedaba. Se pelearon otra vez hasta que se terminó y escuche que el inválido decía algo como “vos tenés lo tuyo”. Cinco minutos después, vi como el nene agarraba una de las bolsas a su alrededor y, nariz y boca adentro, empezaba a respirar. Pero adentro de la bolsa esa no había poxipol ni poxiran. Había una especia de pasta de un color mostaza con unas perlas marrones, o algo por el estilo. Totalmente asqueroso. El chico me dio mucha pena; pero ya no podía creer la situación. Tenía que salir de ahí.

Hice como que miraba dónde estábamos y me fui corriendo por la puerta al vagón. Cuando la cerré atrás mío, vi como el chico se paraba, me miraba por el vidrio de la misma puerta y me hacía un gesto extraño. Algo así como un “voy a matarte”.

“Suficiente por hoy”. Me alejé todo lo que pude del último vagón, pasando por las puertas entremedio, hasta que el tren llegó a mi estación. Me bajé rápido y mire hacia el último vagón.
Los tipos estaban bajándose. Corrí hasta perderme entre las calles oscuras, probablemente llenas de ladrones, violadores y asesinos.

Pero qué tranquilo me sentía.

Saturday, August 22, 2009

Esta historia no es mía...

Esta historia no es mía, pero no podía dejar que nadie la cuente. Le sucedió a un amigo mío, volviendo de Retiro por la línea Mitre del TBA, la que va a Tigre.

Según él me contó, se subió al tren hacia el mediodía, y se sentó en el primer asiento de espaldas a la puerta, y se quedó muy tranquilo en su mundo, escuchando música de su MP3. Sin embargo, como a los 5 minutos de haber arrancado el tren, notó que la gente a su alrededor miraba para donde estaba él, y murmuraba. Entonces se sacó los auriculares y se dio vuelta. “Casi me hago pis en los pantalones”, me dijo cuando me contó.

Atrás de él, un tipo bastante alto tenía encañonado a un pibe de barbita, con pinta de estudiante, que estaba arrodillado en suelo, muerto de miedo. Sin dejar de apuntarle el arma contra la frente, le gritaba “¡Dame toda la guita porque te vuelo la cabeza!”, mientras el muchacho se la agarraba, desesperado y sin saber qué hacer.

La gente alrededor, incluido mi amigo –que había quedado atrapado casi entre los dos tipos- estaba paralizada, nadie decía ni hacía nada. Nadie, excepto un grupito de tres tipos que se empezaron a acercar desde el fondo del vagón, muy tranquilos. Eran tres tipos que parecían trabajadores, pero por alguna razón volvían temprano a sus casas. Los tres tipos se pararon al lado del tipo con el arma y le empezaron a decir “Eh loco, ¿que robá?”

El chorro no lo podía creer. Los miró y ahora apuntándoles a ellos les empezó a gritar que se alejaran porque los iba a matar a ellos también. Pero no se animó. Una viejita empezó a gritar desde lejos “¡Ayuda, ayuda, policías, están robando!”. Cinco segundos después dos policías pasaban corriendo por los vagones, mientras desenfundaban sus armas y rodeaban al ladrón. El tipo entregó el arma y lo hicieron arrodillar. Lo esposaron y lo tuvieron controlado hasta la primera parada, Lisandro de la Torre, donde lo bajaron y se lo llevaron. Sin embargo durante todo ese tiempo hasta llegar a la estación, su víctima aprovechó para putiarlo –“¡Hijo de puta, ojalá te pudras en la cárcel!”- mientras lo escupía.

Esta es una historia muy extraña, especialmente si te pones a pensar en las razones que tenía el tipo y los trabajadores para hacer lo que hicieron. En primer lugar, ¿cuál es la idea de robarle a alguien arriba de un tren? Supongo que le robás la plata y después te quedás charlando con él hasta llegar a la próxima estación. No llego a entender que pretendía el tipo. Después, ¿qué se les cruzaba por la cabeza a los tres tipos que vinieron a apurar al chorro? Tal vez estaban hartos de que afanen por todos lados; o tal vez les molestó que estuviesen robando en el vagón en que ellos iban a hacerlo (-perdón-). No lo sé, pero para que alguien arriesgue su vida así, yo supongo que estará acostumbrado a vivir al límite. Por último, el tipo tuvo mucha, mucha suerte. Que haya habido dos policías en el vagón de al lado, vaya y pase, pero que tres tipos salten a defenderte…

Tal vez crean que esta historia sea mentira, pero les juro que es así, tal cual como la conté. Sí, la historia es rara, pero en los trenes suceden cosas extrañas. Ya les voy a traer más historias bizarras que sucedieron sobre rieles.