Friday, December 11, 2009

Las pequeñas cosas que te pasan cuando no publicás en el blog por 3 meses

Sí, perdón, pasaron casi 3 meses. Pero bueno, qué le vamos a hacer. De todas formas, que no hayan quedado plasmadas en este humilde blog, no quiere decir que no hayan pasado cosas que tengan la mínima cantidad de relevancia que se requiere –casi nada- para terminar acá.

Una novedad: algunas de las cosas que voy a contar hoy sucedieron en un lugares que no son ni un tren ni un subte ni un colectivo ni ningún medio de transporte (por fin!) que dé una imagen de pobreza, como siempre. Otras sí. Pero bueh, ya van a ver.

Por la extensión que tendría el artículo voy a dividirlo en algunos capitulitos. Puede que las fechas sean cualquiera pero bueno, quien carajo se acuerda de cuando pasó cada situación de su vida. Los dejo, espero que no se aburran.


Capítulo 1: Alcoholismo y delincuencia bajo tierra

Desafortunadamente, las dos primeras historias que voy a contar sucedieron en el subte (perdón!), específicamente la línea C, que va de Retiro –feo, feo- a Constitución –te dejan en bolas-.

El primer hecho que me llamó la atención fue una mañana bieeeen tempranito, eso de las 7 de la mañana en la parada Retiro, es decir de dónde salen los trenes del subte. Era una de esas mañanas feas que me despierto con un nudo horrible en la panza que jode muchísimo, y no sé si está pidiendo un desayuno en Starbucks o una vuelta a la cama urgente. Supongo que ese día opté por la primera porque apenas bajé las escaleras a la estación, me paré en uno de esos barcitos/barras para pedirme un par de medialunas.

Mientras el tipo que me atendió se iba para atrás a buscarlas, se paró un flaco al lado mío –pinta de típico proletario, con su bolso en mano- y deslizó la siguiente oración:

“Sí… un tinto, por favor”

Esta fue mi cara: =O

Como si nada, el empleado sacó tetra, llenó un vaso largo; el flaco fondeó, dejó guita y se fue escabio y muy contento a laburar.

Me di vuelta para no perderlo de vista cuando se iba. Mientras se entrecruzaba con el laberinto de gente que se hace a esas horas, alcancé a ver en su mochila, estampado en blanco las siglas AA.


Lo que viene ahora pasó como una semana después, en la mañana siguiente a una tormenta más fuerte que el mescal, por lo que Retiro -como es de suponer- era un lodazal más asqueroso que los caramelos de anís. Estaba yo sentadito en el subte, esperando que parta. Mientras miraba para abajo empecé a escuchar una sarta de incoherencias totales a mi derecha; al girarme, vi a un tipo totalmente hecho mierda de la vida, un pobre tipo que parecía que no se pegaba un baño hace 3 años, y, por si fuera poco, sin la parte inferior de su par de piernas. Estaba sentado en la punta del vagón, vestido en sus harapos negros –por ahí eran blancos y se habían vueltos negros de barro- y se arrastraba con las manos hasta dónde estaba yo, diciendo cosas de lo más extrañas. Miré para otro lado mientras pasaba por adelante mío –por favor, que no me ataque, que no me muerda- y se frenaba al lado de un pibe que tuvo el coraje de arrojarle una moneda. Entonces le dio la mano y le empezó a hablar:

“Gracias, hermano, no sabés… ayer me quede dormido en Plaza San Martín y podés creer que hoy me despierto y me habían afanado las muletas. Mirá como estoy…. mira como tengo los pantalones, es un asco”

A mi, el corazón me hizo ¡crack! Y se me partió en miles de pedazitos de cerámica fría, fría. Yo le había tenido miedo a este tipo, y el pobre no era más que un pobre discapacitado, al que una persona más malvada que el mismísimo demonio Belcebú ¡le robó las muletas! Que basura…

Este tipo de cosas te pasan cuando te olvidás las historias que te contaron en el retiro.


Capítulo 2: Limpiando la vereda con la señora Ganush y Jason

Un determinado sábado de septiembre, mientras una deliciosa tira de asado de cocía en la parrilla, aparece mi viejo sacadísimo, con un papel en la mano. (Resulta que en la esquina de mi vereda, hay un árbol dónde siempre algún hdp tira basura. Pero mal, mal. Sin bolsa, nada. Restos de comida, pañales, cualquier vómito que te puedas imaginar, ahí estuvo. Una vez hasta dejaron un horno entero.) El papel que tenía mi viejo en la mano era una intimación de un banco a un viejo que vive a media cuadra de mi casa, porque debía 14 pesos (pobre de mierda). En esa intimación aparecía el nombre del viejo, la dirección, todo lo que necesitábamos. Y mi viejo lo había encontrado en la esquina, junto a más basura. Caso resuelto.

Asique siguiendo las órdenes de mi encolerizado padre, después del almuerzo, mi hermano y yo nos calzamos guantes de trabajo y lo seguimos junto con la carretilla. En la esquina juntamos todas las atrocidades del viejo, las metimos en la carretilla y fuimos hasta su casa, donde la vaciamos por completo en la puerta de su casa.

Decí que es un PH y vive con muchas personas más. Y bueno, ellos se encargarán de hacerlo sentir responsable a él. Qué se yo… eso dijo mi papi.


Esa tarde no termino ahí, ya que, como la vereda era una mugre, mi viejo nos hizo ir a buscar todas las cosas de jardinería para poner todo más lindo. Mientras sacaba la bordadora, tijeras y todo eso, vi ahí reluciente, elfium, fium, o hacer mierda una planta a golpes. Lo agarré y lo llevé conmigo, un poco para divertirme, pero un poco más para defenderme de cualquier posible ataque de una masa iracunda de vecinos de PH. Machete. ¿Alguna vez usaron un machete? No hay nada que te pueda hacer sentir más poderoso que agarrar un machete y empezar a revolariarlo por el aire, escuchando cómo hace

Una hora después, mientras cortaba el pasto de la vereda, alcé la vista por un segundo y vi en la esquina de enfrente una vieja media gitana parada de una manera muy extraña. Hizo un ademán como de subirse las telas que tenía de vestido y me vio. Medio avergonzada, me gritó con su voz de “Arrástrame al infierno” : ¿Qué me mirás, nene?.

Y se fue, rapidito.

Fuck. Era obvio que me había tirado una maldición, ahora un espíritu malvado iba a venir por mi alma para torturarla para siempre en el infierno. Pero volví a mirar dónde había estado parada la vieja, y noté algo en el suelo.

Era un charco. De algo. Amarillo.

La vieja de mierda se había meado.


Medio shockeado por la situación decidí reanudar mis tareas, para sacarme la imagen de la mente. En un rato me aburrí y vi ahí el machete tirado, llamándome. Lo agarré y empecé a clavarlo en los árboles –si se queda clavado te sentís He-man- y a romper ramas. En eso, mientras jodía en uno de los árboles, ví que había un ¡colchón! entre sus ramas. Se ve que Juan Carlos Turbio había encontrado hogar en la copa de un árbol de mi vereda. Lo tuvimos que bajar con mi hermano, intentando no tocar nada de ese colchón sidoso. Fue verdaderamente desgradable. Todavía no sé como esa tarde no me agarró cólera u otra cosa peor.

Después de eso, empecé a joder a los autos que pasaban con el machete. Cuando veía que se acercaba uno, hacía como que salía caminando de las sombras, y con una mano en la cara a modo de máscara de Hockey empezaba a revoliar el machete, mientras el conductor se acercaba a su pronta y segura muerte. Pero cuando se acercaba mucho, me iba corriendo. JIJIJI.

Resulta que en una de las últimas jodas de la noche, intenté hacerme el capo y esperé a que el auto estuviera bien cerca antes de correr. Pero tuve la suerte de que, justo esa vez, el machete se me resbaló de las manos y salió volando para adelante, picó una vez en el suelo y cayó a centímetros del auto mientras un chirrido de gomas impresionante me taladraba los oídos. Salí corriendo como Forrest Gump mientras me llovían insultos peores que los del Gordo Cartman, para con toda mi familia.

(No se preocupen, más tarde volví y recuperé el machete. Un día se los presto.)


Capítulo 3: De celulares voladores, vergüenza al volante y la simple solución del caso Pomar.

Como algunos sabrán o podrán haberse enterado en Indios y Fotogramas, asistí el último día del Pepsi Music 09 a ver a los locos dementes de Gogol Bordello. Y como bien saben, allí, bailando al son de violines violentes, mi celular nuevito nuevito hermoso se deslizó dulcemente de mi bolsillo –y supongo que fue aplastado por una masa de danzarines-. El caso es que no tuve que empezar a utilizar un celular viejo de mi padre, con el cual se me escuchaba como si hubiese tragado 800 kg de helio, por lo que no podía hablar con nadie sin que se rían salvajemente de mí.

Hasta que cierto día, recorriendo los prados de mi jardín, localicé en las entrañas de los pastizales, una mancha negra. Muy cerca de ahí, otra. Levanté ambas. Y ¿qué más? Un celular y su batería. No sólo cualquier celular, sino un Nokia nuevito y lindo, con cámara, flash, video, y 1 giga de memoria ocupado por más juegitos que los que tuve en mi vida. La verdad que nunca me interesó un celular para más que hablar y mensajes de texto. Pero bué, si te llueven celulares a tu jardín, ¿vos lo rechazás? Y nada, ahora tengo celular nuevo y cuando me llaman suena Chuchu Uá de Piñón Fijo.

Unos días más tarde, estaba por salir con el auto a hacer no se qué cosa y me viejo me frenó y me dio 30 mangos para que le cargue nafta al auto y la tarjeta de YPF Serviclub para cargar los puntos – que después dan regalos…wipi!-.

Obedientemente, a la vuelta a casa, frené en una estación cargué los 30 pesos y cuando estaba pagando, le digo al empleado: “Ah, che, ¿después me cargás los puntos para Serviclub?”.

El tipo me miró y se empezó a reír descaradamente, pero en mi cara, muy, muy mal.

No me costó ni un segundo darme cuenta qué pasaba. Toooddooo era amarillo y verde. Estaba en una puta Petrobras.

Me subí al auto y puse quinta, doble en rojo en Cabildo, y me chupó un huevo. Ese semáforo ni en pedo estaba tan rojo cómo yo.


La última de esta seguidilla de historias sucedió al día siguiente, cuando acompañe a mi viejo a visitar a mi abuela. Cuando entramos nos saluda a mí y a Cochi, como le dice a mi papa.

Estábamos ahí, yo tomándome una Coca con limón y hielo, mientras mirábamos TN. Estaban hablando de los Pomar y el título de la tele decía, justamente, “21 días sin los Pomar”. Así, mi abuela Vrehyuí (Venganza) empezó a conjeturar sobre qué les podría haber pasado, hasta que de repente larga:

“¡¡Cochi, a éstos se los llevaron los OVNIS!!”

Me reí largo rato, mientras pensaba que, tanto de muy chicos, como de muy viejos, la mitad de las cosas que pensamos son pura fantasía.


*Pésame a los Pomar, no quisiera faltarles el respeto.