Llegando a la ciudad entrerriana de Colón por la ruta nacional 14, nos detuvimos en una YPF con nuestra rural Peugeot. El viaje hacia Punta del Este se hacía largo, y todavía faltaba mucho por recorrer, sin mencionar las largas horas de cola que nos esperaban en el puente internacional Artigas, para cruzar al Uruguay.
El problema de la historia surge del hecho de que mi viejo no paró solo para cargar nafta, sino que hace un par de kilómetros se venía amargando por un ruido extraño que parecía venir de la rueda delantera derecha, y su intención era buscar un mecánico.
A pesar de que la YPF tenía una especie de sucursal del ACA, nos dijeron que no podían enviar a nadie, pero nos podían recomendar uno por acá cerca… bien cerca: “acá como a 200 metros de colectora”.
Cabe aclarar que estábamos en el medio de la ruta, y, con el sol terminando de ponerse, lo cierto es que a 200 metros no se vislumbraba absolutamente nada. Pero sin otra alternativa, bajamos a la colectora de ripio, entre pozos pantanosos, buscando al bendito mecánico.
Efectivamente, allí se encontraba, con su cartel de madera talada inscripto con un “MECANICO” a mano con una pintura rojo sangre. Debajo del cartel colgaba una goma de tractor balanceándose lentamente hacia atrás y adelante. Un poco más atrás dos perros atados ladraban desesperados desde que vieron las luces de nuestro auto. (Horas después traté de razonar –sin éxito- si el aspecto fantasmagórico de todo el lugar había sido logrado intencionalmente tal vez con el extraño objetivo de atraer más clientes, o era mera casualidad del descuido.)
Adentrándonos, ya algo nerviosos, en el terreno detrás de la tranquera de entrada, vislumbramos un gran galpón que parecía abandonado, una especie de rancho venido a menos con algunas luces prendidas, y un número de autos abandonados en el fondo. Por suerte, parecía haber algo de gente en el lugar, y no solamente algún mecánico tenebroso vestido con un jardinero, un ojo de vidrio y un garfio en la mano.
Estacionamos a unos metros de un Duna rural con el capó abierto, detrás del cual había un tipo flacucho (curiosamente vestido con un jardinero) metiendo las narices dentro del motor, y otro que miraba preocupado al lado. Adentro del auto había una mujer con una nena a upa en el asiento delantero y un tipo que no llegábamos a ver bien en la parte de atrás.
Apenas bajamos el tipo sacó la cara del motor y se acerco a saludar y atendernos rápidamente. Le comentamos el problema y enseguida empezó a trabajar. Abrió una puerta de chapa del galpón, y vimos como una montaña de herramientas oxidadas se trepaba de la pared. Sacó el gato, levantó el auto y sacó primero la llanta. Cuando mi viejo le quiso hablar, nos sorprendió que el tipo no respondiese: seguía concentrado en su trabajo. Entonces, como de las sombras salió una mujer y nos dijo: “Hay que hablarle fuerte, no escucha bien”.
-“Ah…, que tal, buenas noches”.
-“Ah, sí, perdón, discúlpeme, yo soy su mujer”.
Mientras tanto, el mecánico seguía en lo suyo. Y parecía que se empezaba a entusiasmar: fue al galpón y volvió con una masa y una limadora. Y muy tranquilo empezó a golpear los tornillos, en algún intento loco de sacar la goma. Mientras tanto, mi viejo se descomponía. Resignado con la masa, encendió la limadora y empezó. Las chispas salieron para todos lados, y casi nos quemaron los pies.
Qué suerte la nuestra, que nos tocó un mecánico que no tiene la más mínima idea de cómo arreglar un auto. Ni siquiera podía sacar una goma.
Mientras el mecánico loco seguía con sus experimentos extraños sobre nuestro auto, y nosotros rezábamos que, por favor, no nos hiciera pasar la noche ahí, se acercó el tipo del primer auto y dijo: “Le volví a conectar la manguera; tal vez era eso…”
El mecánico levantó la cabeza y respondió: “Sí, sí, ahora vuelvo… esperame un segundo”.
El tipo se volvió puteando, y por fin el mecánico arrancó la rueda. Empezó a golpear lo que quedaba con una llave, y metía la cabeza, como tratando de escuchar algo. Ya no sabíamos si reírnos a llorar.
Entonces volvió el tipo y se pudrió todo:
-“Me voy a la mierda, me tenés acá parado hace un día y no me arreglaste un carajo, andá a cagar”.
-“Pará loco, me debés 400 mangos de todo el laburo que hice”
-“¡Chupámela, conformate con los 100 que te di antes, yo me voy!”.
El tipo empezó a correr para su auto, y el mecánico loco, lo alcanzó y lo agarró del brazo. El otro, ya harto, se lo sacó de encima y lo empujó. Se subió al auto, con la nena llorando adelante, arrancó a los pedos y apuntó para la salida. El mecánico gritó:
-“¡¡China, corré a cerrar la tranquera!!”
Pero cuando la mujer se dio cuenta que no llegaba, se paró en el camino haciendo una barrera humana. De todas maneras, no parecía que el Duna fuese a frenar. Pero cuando ya se acercaba a la mujer, vimos como el mecánico se disparaba hacia el auto, y con toda la carrera, le metía una patada durísima en una de las puertas del costado.
El Duna se frenó.
De una de las puertas traseras se bajó un tipo de casi dos metros y uno y medio de ancho. Bajó al mecánico de una buena piña, y lo pateó en el suelo por un rato, hasta que el mecánico flaquito se pudo escapar y se metió corriendo en el rancho.
Nosotros ya temíamos por nuestras vidas. Estábamos atrapados en una pelea entre un mecánico loco y sordo y dos tipos igualmente desquiciados en el medio de la ruta 14 casi a medianoche, y a nuestro único medio de escapatoria le faltaba una goma. Para empeorar las cosas, parecía que el mecánico se había ido a buscar un chumbo para cagar de un tiro a todos.
Por suerte, cuando el mecánico volvió a salir (sin ningún tipo de arma, por lo menos en lugares visibles) el Duna ya había recorrido 10 kilómetros de ruta.
Con la cara hecha pedazos, el tipo se acercó a nuestro auto, y mi viejo le pidió que por favor volviese a armar todo para irnos. Sin ni siquiera parar para limpiarse, el tipo volvió a armar todo.
Nos quiso cobrar 15 pesos. Le dimos 20 y le dijimos que se quede con el cambio.
Con las patas todavía temblando, enfilamos para el puente internacional.
Wednesday, February 10, 2010
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jaja te quedo copadaaaa
ReplyDeletegran historia.
AJAJAJAJAJAJJA esta historia fue lo mejor del viaje a punta del este me mori de la risa y el suspenso mientras me la contaban
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